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¿QUé HACíA UN GUIPUZCOANO COMO éL EN PAMPLONA EL DíA EN QUE CAYó HERIDO?
Hoy se celebra la festividad de San Ignacio de Loyola
Con toda probabilidad, la inmensa mayoría de los ciudadanos de Pamplona saben que una céntrica Avenida de la Ciudad lleva el nombre de San Ignacio. Es menos seguro que muchos sepan que se trata del fundador de la Compañía de Jesús (los jesuitas). Es posible la mayoría de los pamploneses hayan pasado alguna vez por delante del conjunto escultórico erigido en honor del santo guipuzcoano, donde aparece postrado mientras es conducido en andas por dos soldados.
31 de julio de 2010, Tribuna de Navarra.-

 

Los más creyentes de entre los pamploneses seguramente habrán entrado alguna vez a orar en la Basílica de San Ignacio, pegada al Palacio de Navarra y para ello habrán pisado sin darse cuenta una placa conmemorativa en el suelo que tiene la siguiente leyenda: “Aquí cayó herido San Ignacio de Loyola el día 20 de julio de 1521.” Sin embargo, es posible que muchos pamploneses no sepan responder a la siguiente pregunta: ¿Qué hacía San Ignacio de Loyola en Pamplona cuando cayó herido?

 

Ignacio de Loyola es, sin duda, uno de los santos universales de la Iglesia Católica. La creación de la Compañía de Jesús fue un hito fundamental para robustecer la autoridad papal y contribuir a la regeneración de la Santa Sede, que en el inicio de la época renacentista no se caracterizó precisamente por su fidelidad al mensaje evangélico.

 

Pues bien, San Ignacio no nació santo –ninguno lo hizo– sino que alcanzó la santidad después de un intenso proceso de conversión que se inició, precisamente, a raíz de la herida no mortal que recibió en Pamplona y que le impidió estar presente en la batalla de Noáin un mes más tarde, donde los nacionalistas dicen que se puso fin a la “independencia nacional” de Navarra. En 1512 la reina de Navarra, Catalina de Foix, y su esposo Juan de Albret –matrimonio contraído con grave violación del Fuero General de Navarra al no recibir el parecer favorable de las Cortes navarras– firmaron un acuerdo secreto en la corte francesa de Blois con el rey Luis XII, enemigo declarado del Papa Julio II. La enemistad era consecuencia del cisma de los cardenales franceses que en el Conciliábulo de Pisa pretendieron destituir al sucesor de San Pedro. En aquella época los conflictos, incluso teológicos, solían resolverse echando mano de la espada. El Papa organizó una “Liga Santa”, a la que se sumaron la corona inglesa, la República de Venecia, los Regimientos suizos y Fernando el Católico, rey de Aragón y Regente de Castilla. El Papa excomulgó al rey de Francia, lo que significaba que aquel que lo apoyara incurriría en la misma pena.

 

Los ingleses trataron de aprovechar la oportunidad del conflicto internacional con Francia para recuperar la Guyena, antiguo Ducado de Vasconia y que hoy viene a coincidir con los límites de la región francesa de Aquitania. Un ejército inglés desembarcó en Fuenterrabía, al tiempo que Fernando el Católico movilizaba un ejército, a las órdenes del Duque de Alba, para apoyar la invasión del territorio francés.

 

Los reyes navarros trataron de mantener una neutralidad imposible en el enfrentamiento entre las dos grandes potencias europeas emergentes: Francia y España. Enviaron a Juan de Jaso, presidente del Consejo Real a Castilla y padre del futuro San Francisco de Javier, con garantías de permanecerían al margen del conflicto.

 

El rey francés, para atraer a su causa a Navarra, alentó un conflicto sucesorio planteado por Gastón de Foix, que discutía a los reyes navarros la titularidad del Señorío del Bearn y de los extensos territorios que los Foix y Albret poseían en Francia, por los que resultaban ser vasallos del rey de Francia y de los que obtenían sus principales recursos económicos. El pleito se instó ante el Parlamento de París, tribunal de justicia de cuya imparcialidad Catalina y Juan tenían motivos fundados para dudar.

 

En Blois negociaron los navarros. Luis XII les garantizó el final feliz del pleito sucesorio a cambio de que se sumaran a su causa. Los reyes de Navarra eran plenamente conscientes de que apostar por Francia podía suponer poner en riesgo la Corona navarra. Al final optaron por pactar con el francés comprometiéndose a ser “amigos de sus amigos y enemigos de sus enemigos”. El 18 de julio de 1512 firmaron el tratado. Los espías del rey católico informaron a Fernando de la traición de los navarros. El monarca aragonés montó en cólera y ordenó al Duque de Alba invadir Navarra para garantizar su neutralidad. El 25 de julio Pamplona se rendía a las tropas castellanas, en cuyas vanguardias formaban las milicias vascongadas. Los reyes navarros huyeron al Bearn y el 25 de julio Pamplona capituló a condición de ver respetados sus fueros y privilegios.

 

La conquista de Navarra fue un episodio más del endémico enfrentamiento entre los dos clanes nobiliarios que se disputaban el poder desde mediados del siglo XV: beamonteses y agramonteses. El Papa acudió en socorro espiritual de Fernando el Católico, declarando herejes a los reyes navarros, lo que contribuyó a consolidar la conquista. Las Cortes de Navarra de 1513 reconocieron a Fernando como rey y señor natural. Dos años después, el rey católico decidió que a su muerte heredarían la Corona navarra su hija Doña Juana y quienes le sucedieran en los reinos que formaban parte de la Corona castellana, respetando sus Fueros. En 1516, Carlos I de Castilla –el futuro emperador Carlos V de Alemania– se comprometería a mantener a Navarra como “reino de por sí”. Desde entonces el reino navarro, que vio así satisfecha su inequívoca vocación española que con rotundidad afirmaba el Fuero General de Navarra, se sumó a las tareas comunes de la Monarquía española, que sería el embrión de la actual nación española.

 

Iñigo de Loyola pertenecía a una noble familia guipuzcoana. Había nacido el 24 de octubre de 1491. Eligió la carrera de las armas y en 1517 pasó a Castilla donde acabó a las órdenes del Duque de Nájera, virrey de Navarra. Esta es la razón por la que en 1521 servía al Emperador en Pamplona. En 1521 Castilla se hallaba sumida en una grave crisis provocada por la rebelión de las Comunidades castellanas que protestaban por la presencia en la corte de numerosos flamencos que acompañaron a Carlos I y generaron el descontento de la pequeña nobleza de las ciudades castellanas que se declararon en abierta rebeldía. Este fue el momento elegido por Francisco I de Francia para invadir Navarra con un ejército a cuyo frente situó al general Asparros. El pretexto era tratar de reponer en el trono navarro a Enrique II de Navarra, hijo de los reyes Juan y Catalina.

 

El Duque de Nájera carecía de tropas suficientes para hacer frente a la invasión, por lo que optó por retirarse a Castilla dejando en Pamplona una pequeña guarnición que decidió hacerse fuerte en el castillo que Fernando el Católico había construido en el lugar donde actualmente se encuentra la Basílica de San Ignacio. Entre sus defensores se encontraba el capitán Iñigo de Loyola, mientras que en el ejército atacante formaban parte la flor y nata de la nobleza agramontesa, entre los que tenían un papel destacado los hermanos de Francisco de Javier, que en aquellos momentos tenía quince años.

 

El asedio de Pamplona dio comienzo el 19 de mayo de 1521. Ante la enorme superioridad de los franceses el alcaide del castillo de Pamplona, Miguel de Herrera, decidió capitular. Se opuso Iñigo de Loyola. La artillería francesa comenzó a disparar contra los muros del castillo. El 20 de mayo una bombarda alcanzó al de Loyola destrozándole la pierna derecha por debajo de la rodilla y afectándole también a la izquierda. El 23 de mayo la fortaleza capituló. Asparros permitió el traslado del capitán guipuzcoano herido a su casa solariega de Loyola. Es lo que representa el grupo escultórico de la Avenida de San Ignacio.

 

Asparros cometió el error de invadir Castilla poniendo sitio a Logroño, lo que provocó una gran conmoción en Castilla que abandonó la lucha de las Comunidades para enfrentarse al invasor. Asparros se vio obligado a retirarse y el 30 de junio el ejército imperial, en el que formaban los navarros de la facción beamontesa, se enfrentó al ejército francés. Las milicias guipuzcoanos, en una audaz maniobra, acometieron a los franceses por la retaguardia y decidieron la suerte de la batalla donde murieron cuatro mil soldados del ejército de Asparros, que fue hecho prisionero por Francés de Beaumont. En su larga convalecencia en Loyola, Iñigo –que más tarde cambiaría su nombre por el de Ignacio– inició su proceso de conversión gracias a la lectura de las biografías de santos que le proporcionó su madre. El guipuzcoano decidió entonces abandonar la carrera de las armas y entregarse a la causa del Evangelio. En París conoció al joven agramontés Francisco de Javier, estudiante en la Universidad de la Sorbona, con el que trabó una íntima amistad. En 1534 fundarían la Compañía de Jesús para convertirse en el más sólido apoyo al Papado, pues a los tres votos tradicionales –castidad, pobreza y obediencia– añadieron un cuarto voto: el de fidelidad al Papa.

 

Ya hemos expuesto qué hacía Iñigo de Loyola en Pamplona aquel 20 de mayo de 1521. Defender, como leal súbdito de la corona castellana, la españolidad de Navarra. La bala de cañón que lo abatió resultó providencial para la Iglesia Católica. Su amigo Francisco de Javier subiría a los altares en 1622 junto a Ignacio de Loyola. La Compañía de Jesús fue, en sus orígenes, una orden religiosa netamente española.

 

La actual Basílica, de estilo churrigueresco, se erigió después de su canonización. En 1927 se construyó la Iglesia de San Ignacio, que regentan los redentoristas porque la Compañía de Jesús fue expulsada de España durante la II República.

 

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