| El pasado 25 de febrero se celebró el vigésimo séptimo aniversario del Estatuto de Castilla y León. Asistí a la sesión conmemorativa que, con este motivo, se desarrolló en la nueva sede del parlamento autonómico. En ella se entregó la Medalla de las Cortes de Castilla y León a la Real Colegiata de San Isidoro de León como sede que fue en el año 1.188 de las primeras Cortes parlamentarias de Europa. Verdaderamente se trata de un hito en la historia del parlamentarismo: por primera vez se reunieron en la misma Cámara representantes de la nobleza, del clero y del pueblo, pactando con el monarca el reconocimiento de libertades.
Este hecho tan relevante forma parte de esa riqueza histórica que ha hecho de Castilla y León, desde que en 1230 se unieran los Reinos de León y Castilla, una Comunidad esencial en la construcción de la Nación Española. Por ello, me parece muy acertada la definición que introduce el Estatuto, tras su reforma de 2007. Por primera vez se concibe a Castilla y León como una comunidad histórica y cultural que identifica, valora y respeta sus raíces y no como la mera yuxtaposición de las nueve provincias que la integran. Y es que a lo largo de más de ocho siglos de historia compartida, esos dos viejos reinos construyeron un espacio común de convivencia teniendo como ejes vertebradores la cuenca del Duero y una lengua -hoy universal- que es pieza clave de nuestro patrimonio.
En el ejercicio de nuestra autonomía no queremos ser más que nadie, pero tampoco menos. Esta última reforma estatutaria, impulsada por el Gobierno del Presidente Herrera, nos sitúa en un plano de igualdad con el resto de Comunidades Autónomas, pero eso sí desde una profunda lealtad a España y el pleno respeto a la Constitución, a diferencia de otros procesos que en realidad esconden la intención de dar auténtico jaque mate a nuestra Norma Suprema.
Desde que en 1983 se aprobara nuestro Estatuto han transcurrido 27 años de autonomía que han supuesto un gran avance en el bienestar de todos gracias a una continua mejora en la calidad de los servicios recibidos. El autogobierno, junto a unas acertadas políticas de los Presidentes de nuestra autonomía, han permitido una respuesta más cercana, más rápida y singular a las demandas y aspiraciones de los castellanos y leoneses, y eso ha hecho posible incrementar las cotas de progreso, bienestar, cohesión y solidaridad territorial. La autonomía ha sido un modelo de éxito, aunque requiera ahora el esfuerzo de todos para mejorar la coordinación y la viabilidad de un Estado capaz de garantizar la igualdad y solidaridad entre todos los españoles.
A lo largo de este más de un cuarto de siglo, tras las sucesivas reformas del Estatuto, Castilla y León ha alcanzado el máximo techo competencial, asumiendo el Inserso, Universidades Públicas, políticas activas de empleo, Educación o Sanidad. Se ha realizado una buena gestión y, por ello, en estos años hemos pasado de tener un nivel de renta inferior a la media española y lejano a la media europea a acercarnos al 95% de la media nacional y al 90% de la comunitaria. Se ha hecho un gran esfuerzo en vertebrar el territorio con nuevas infraestructuras, en garantizar a todos los castellanos y leoneses servicios públicos de calidad, con el coste añadido que implica ser la Comunidad con mayor extensión de España y la tercera región europea, junto a una dispersión muy elevada de la población y una media de edad más alta.
Pero siendo importantes esos 27 años, si queremos que el futuro nos depare mayor progreso social y económico hemos de hacer frente a una serie de retos como la convergencia y cohesión internas, el despoblamiento, el envejecimiento de la población, la dependencia energética, la I+D+I, la financiación de los servicios públicos o la reordenación de las cajas de ahorro. Y además hemos de hacerlo en el contexto de la grave crisis económica que estamos padeciendo y que de forma tan dura se pone de manifiesto en los cuatro millones y medio de personas que se han quedado en paro bajo el gobierno de Zapatero.
Castilla y León a pesar del liderazgo sólido y comprometido de Herrera no puede, como tampoco el resto de Comunidades, afrontar estos retos en soledad. Formamos parte de ese proyecto común que es España. Las autonomías no son versos sueltos en el contexto nacional. Por ello, si España no funciona todas las regiones se resienten como está pasando ahora. Zapatero se ha convertido en un problema para España y sus Comunidades Autónomas, en un lastre para salir de la crisis. Y si de uno de nuestros héroes se dijo “qué buen vasallo si tuviera un buen señor”, hoy podemos decir de los españoles “que gran Nación si tuviera un buen Presidente”. Cuando no lo tengamos al frente de ese frágil barco en que se ha convertido España podremos de nuevo afrontar el futuro con optimismo. |