| El viernes pasado asistí al desayuno-coloquio de Nick Clegg en Madrid. En medio de un lleno total, se percibía aire fresco y credibilidad. De hecho, el dúo Cameron-Clegg está renovando la imagen de los políticos en Europa. Su manera de hacer una nueva política con valentía y sin dilaciones, adoptando medidas duras y difíciles pero necesarias para afrontar la crisis y los problemas de Gran Bretaña, ha generado ilusión, confianza y un apoyo entusiasta por parte de los británicos. Su fortaleza radica en el respaldo social obtenido en las urnas -plasmado en el pacto de Gobierno- para hacer precisamente lo que están haciendo.
Si embargo, en España cada día son más las voces que reclaman que se vaya Zapatero o que convoque elecciones anticipadas y se de paso a una nueva Legislatura con mayor apoyo de los ciudadanos y legitimidad. En estos momentos, la desconfianza que la incapacidad del Presidente genera es abrumadora, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras.
No se fía de Zapatero la inmensa mayoría de ciudadanos españoles que, como ponen de manifiesto las encuestas, suspenden la gestión del presidente y le niegan capacidad de liderazgo para sacar a España de la crisis.
No se fían de Zapatero sus propios compañeros de filas en las que ya se oyen voces de descontento. Cada día se produce alguna declaración crítica de líderes socialistas y, en los pasillos del Congreso, se escuchan críticas soterradas por parte de diputados socialistas.
No se fían de Zapatero tampoco los organismos e instituciones internacionales. En enero los gurús del Foro Mundial de Davos calificaban la política española de fracaso y amenaza para la eurozona. Hace poco más de un mes el Fondo Monetario Internacional situaba a España a la cola del crecimiento mundial, con la peor tasa de paro del mundo desarrollado. Esta semana era el Banco Mundial quien alertaba de la grave situación que estamos atravesando. Los analistas financieros rebajan una y otra vez la confianza en nuestra economía y la calificación de nuestra deuda, sometiéndonos a una estrecha vigilancia.
Como consecuencia de su nefasta e irresponsable política económica y ante el ultimátum de Merkel y Obama, Zapatero se ha visto obligado a hacer lo contrario de lo que prometió a los españoles en el programa electoral, de lo que defendió en su discurso de investidura y de lo que ha mantenido hasta hace a penas unas semanas, cuando se reunió con Rajoy en la Moncloa. En mi opinión, ello supone el reconocimiento de su fracaso y demuestra su incapacidad para liderar el futuro.
España está en una situación grave. Hay que tomar con urgencia decisiones difíciles y trascendentes que van a condicionar nuestro presente y futuro. Para ello se necesita un Gobierno fuerte, con legitimidad, credibilidad y respaldo social; un Gobierno que haga un buen diagnóstico de la situación, sepa lo que hay que hacer, se lo haya dicho a los españoles y haya obtenido su confianza en las urnas.
Ciertamente hay un debate en la calle sobre la oportunidad de convocar elecciones en esta crítica situación. Hay quienes opinan que en estos momentos de crisis no conviene meterse en un proceso electoral que implicaría un parón en la acción de Gobierno. Piensan que sería mejor aprobar el Presupuesto del próximo año y buscar pactos parlamentarios que permitan al actual Gobierno seguir adelante. Personalmente, creo que es preferible convocar elecciones, que los partidos puedan plantear las medidas y reformas que van a llevar a cabo para resolver los problemas a los que nos enfrentamos y que sean los ciudadanos los que digan quién tiene que liderar la salida de la crisis.
Creo que quien no ha sabido ver el problema y ha sido causa de su agravamiento no puede convertirse ahora en el líder de la solución. Por eso pido ¡elecciones ya!
P.D.: Como funcionaria de la Administración de Castilla y León, quiero reivindicar la esencial labor de servicio público que realizan los empleados públicos. Yo no hubiera ido a una huelga convocada por quienes han demostrado no defender los intereses de los trabajadores pero me indigna que se tomen medidas tan duras sin que vayan acompañadas de reformas de calado y demonizando a personas que, en la mayoría de los casos, sirven con gran eficacia al interés general. |